Lo que se queda en los pasillos de la universidad
Darse cuenta de que se están viviendo los últimos días dentro de un salón de clases es algo repentino; aunque, durante años, la rutina parecía interminable, la última semana llega de golpe, y con ella aparece una mezcla de emociones difíciles de explicar. No se trata únicamente de terminar una carrera, sino que también significa dejar atrás espacios, personas y versiones de uno mismo que crecieron dentro de esos pasillos.
Para Ximena Pérez, estudiante de Contaduría pública, ese momento culminante se volvió real cuando comenzaron a organizar sus fotografías de graduación y entendió que aquellas clases que parecían parte de la rutina estaban llegando a su final.
“Creo que me cayó el veinte la semana pasada, la última semana de clases como tal en el salón y empezamos a planear las fotos. Ahí entendí que ya era lo último de la carrera”, confiesa.
Lo más difícil no son las clases, sino las personas
Más allá de las materias o las tareas, lo que más pesa al pensar en el cierre universitario son los compañeros y compañeras. Después de compartir años enteros de trabajos en equipo, desvelos y conversaciones entre clases, la idea de dejar de verse todos los días comienza a sentirse inevitable.
“Somos una generación de 40 donde todos nos hablamos y nos queremos. No hubo problemas a lo largo de la carrera, y el equipo que formamos es lo que más voy a extrañar”, comparte Wendy, quien también recuerda cómo sus compañeros estuvieron presentes incluso durante algunos de los momentos más difíciles de su vida en la universidad.
Fernando Morales, estudiante de la carrera de Abogado, coincide en que uno de los duelos más grandes de graduarse es abandonar esa convivencia cotidiana que, sin darse cuenta, terminó formando parte de su identidad. “Uno se acostumbra a ver todos los días a ciertas personas, a convivir, a tener metas en común y a vivir experiencias muy específicas. Y cuando termina, también se acaba una versión de nosotros mismos”.
Un lugar que se volvió familiar
Con el paso del tiempo, la universidad deja de sentirse como un lugar desconocido. Los pasillos, las aulas y hasta los pequeños momentos cotidianos comienzan a adquirir un significado distinto. Y al final, lo que antes era rutina termina transformada en memoria.
“Cuando ingresé a la universidad entré a un lugar desconocido y con muy pocas personas conocidas. Hoy me voy de un lugar que ya es parte de mi vida”, expresa Fernando. Y es que, aunque la universidad forma a profesionistas, muchas veces las enseñanzas más importantes ocurren fuera del plan de estudios. En medio de clases y pendientes también se aprende a sostenerse emocionalmente, a confiar en otras personas y a sobrevivir a las propias batallas internas.
“Había días en los que tenía que salir del salón para ir a llorar porque ya no podía más”, recuerda Wendy. “Pero aprendí que existen compañeros que pueden convertirse en amigos y que siempre habrá alguien dispuesto a ayudarte”.
Fernando asegura que una de las lecciones más importantes que se lleva no tiene relación directa con los libros, ni con las aulas. “Aprendí el valor de la amistad y a empatizar con los demás. La universidad no sólo forma a profesionistas, también crea recuerdos, experiencias y personas que terminan acompañándote toda la vida”.
El miedo también forma parte de culminar
Graduarse representa un logro, pero también un salto hacia una realidad desconocida. La emoción de concluir una etapa convive con el miedo al futuro, a equivocarse y a enfrentarse por primera vez a la vida profesional sin la seguridad de regresar al salón al día siguiente. “Me emociona porque sé que me costó muchísimo llegar hasta aquí”, dice Wendy, “pero también me asusta enfrentarme al mundo laboral y tener miedo de cometer errores o fallar como profesionista”.
Fernando describe esa sensación como un choque inevitable, entre orgullo y nostalgia. “Ya hice todo lo que tuvo que suceder y ahora sólo queda enfrentar lo que viene. Pero sí existe ese sentimiento de dejar atrás una etapa que marcó gran parte de nuestra vida”.
Lo que permanece
Quizá, por eso, el verdadero peso de la última semana no está únicamente en terminar las clases, sino en comprender todo lo que ocurrió durante el camino. Porque, al final, más allá de los exámenes, las tareas o los títulos, la certeza de que una parte de ellos siempre se quedará en esos pasillos es algo que permanece en quienes están por irse.
Atentamente:
“Piensa y Trabaja”
“40 años de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara"
CORRESPONSAL GACETA UDEG
Karely Pelayo Cortés
